En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida
Federico García Lorca, en “Mariana Pineda”
Hoy, que sopla una brisa fresca en el malecón y que se adivina ya un atardecer de morados y naranjas, entiendo a Federico y su amor a Cuba.
¿Cómo no entenderlo si venía de una España aplastada por la dictadura de Primo de Rivera?
¿Cómo no entenderlo si había visto el peor rostro de la modernidad en el dolor de Nueva York y desde ahí había lanzado su famoso “Grito hacia Roma” para reclamarle al Papa su silencio ante la miseria y la violencia?
¿Cómo no entenderlo si llegaba de una ciudad oscura y encontró una Habana luminosa?
¿Cómo no entenderlo si llegó a la isla un 7 de marzo, casi al mismo tiempo que la primavera tibia de 1930?
¿Cómo no entenderlo si la cadencia de la lengua le recordaba a su Granada y lo acompañaban los abrazos generosos de Fernando Ortiz y de Nicolás Guillén?
¿Cómo no entenderlo si lo rodearon amigos y admiradores?
¿Cómo no entender que recién llegado a Cuba escribiera “Habana es una maravilla, tanto la vieja como la moderna. Es una mezcla de Málaga y Cádiz, pero mucho más animada y relajada por el trópico. El ritmo de la ciudad es acariciador, suave, sensualísimo…”?
¿Cómo no entenderlo si tenía treinta y dos años y la pasión a flor de piel?…
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Y Federico fue feliz
Publicado el 30 de marzo de 2025 en Sin Embargo MX

