Cuando yo tenía unos seis o siete años fui testigo de una de esas escenas que nos marcan para siempre, y que vuelven a nuestra memoria una y otra vez. Era una noche de tormenta en ese suburbio de Buenos Aires que mi madre llamaba “pueblo” porque todavía tenía calles de tierra, otros llamaban “barrio” y nosotros -mis hermanos y yo- llamábamos “casa”. A pocas cuadras estaba la escuela, los amigos, el almacén al que íbamos a comprar nuestras galletas preferidas, la “bajadita” en la que ya un poco mayores nos tirábamos en bicicleta, a riesgo de “rompernos la crisma”, como decía mamá. En fin… eso que tuvimos quienes no nacimos en una ciudad: árboles, perros, gatos, polvo en las rodillas, carreras en la vereda, aire, libertad, perfume de hinojo en el verano.
Esa noche oímos de pronto gritos y llantos de un grupo grande de gente (¿diez, veinte personas?): un hombre traía en brazos el cuerpo de una adolescente de no más de quince años. Eran gitanos…
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Publicado el 3 de marzo de 2024 en Sin Embargo MX

