“Me acordaré siempre de aquella noche de mayo de 1933. Desde entonces han transcurrido más de treinta años, pero cada detalle se ha grabado en mi memoria. El terror nazi se había desatado en Alemania. Cuando llegué a la estación de Frankfurt, anochecía. El andén estaba casi desierto; poca gente se desplazaba en aquella época. Los escasos viajeros apuraban el paso para subir al expreso de París, que estaba a punto de irse. El tiempo era lluvioso. Al acercarme al tren, oí el ruido de unas pesadas botas sobre las piedras mojadas. Las siluetas de dos SS uniformados se dibujaron en la penumbra mientras yo subía al tren. Mi corazón empezó a palpitar violentamente”. (p. 9)*
Con estas líneas estremecedoras comienza sus memorias Gisèle Freund, una de las mayores fotógrafas del siglo XX. Con sus 20 años, una maleta pequeña y una cámara, emprendía su largo exilio. Alguien que la conocía de vista, le había susurrado en la mañana al cruzarse con ella en la calle: “Váyase, váyase de inmediato, quieren detenerlos a todos esta noche”. Ese hombre, de quien ella ni siquiera sabía el nombre, le salvó la vida. Hacía pocos días, una de sus compañeras de la universidad, Anne, había sido detenida y su cuerpo regresado a la familia dentro de un ataúd con la prohibición de abrirlo. La oscuridad avanzaba sobre el mundo.
Frente a esa oscuridad, la joven eligió la “camera lucida” (Roland Barthes dixit), como forma de guardar la memoria de su tiempo. Su consejo a los jóvenes fotógrafos era: “Abran los ojos y el corazón, apasionados por el destino del ser humano en esta tierra turbada, y hagan de sus cámaras un testigo del tiempo que les ha tocado vivir”.
Gisèle Freund abrió “los ojos y el corazón” a muy diversas realidades. En su exilio parisino continuó con sus estudios de sociología e historia del arte. La cámara Leica que su padre le había regalado cuando cumplió quince años y su insaciable curiosidad la llevaron a documentar el mundo que la rodeaba. Fue entonces cuando conoció a la poeta y editora Adrienne Monnier, fundadora de la librería La Maison des Amis des Livres; gracias a ella y a su socia, la estadounidense Sylvia Beach, quien creara la librería Shakespeare and Company, entró en contacto con artistas e intelectuales. Su ojo privilegiado nos dejó decenas de retratos que se han vuelto icónicos: Virginia Woolf, T. S. Eliot, Walter Benjamin, Colette, James Joyce, Simone de Beauvoir, André Malraux, Paul Valéry, Luis Buñuel, entre muchísimos otros desfilaron ante su lente.
“Mi cámara me llevaba a poner el acento en aquello que me llegaba al corazón: un gesto, un signo, una expresión aislada. Poco a poco me pareció que todo se resumía en el rostro y me consagré al inagotable panorama que es la figura humana.” (p.74)
Pero el nazismo avanzaba, París era una ciudad ocupada y la violencia se recrudecía; Gisèle Freund tenía que volver a escapar. Fue gracias a una invitación de la escritora argentina Victoria Ocampo que pudo salir de Europa en 1942. “Era la segunda vez en mi vida que debía iniciar una nueva existencia, aunque esa vez estaba armada: tenía un oficio”, escribió en sus memorias.
Como tantas otras veces en la historia, vale la pena señalar la fuerza de las redes de amistad y solidaridad entre mujeres.
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Mirar con los ojos y el corazón
Publicado el 9 de agosto de 2026 en Sin Embargo MX

