Luis García Montero se pone las gafas y lee su poema “Morelia”. Detrás suyo dos enormes banderas mexicanas unidas por un escudo dorado parecen abrazarlo. Yo, como buena exiliada, siempre me emociono con la bandera del país que me dio hogar, y como buena amante de la poesía, me emociono con los versos de Luis. Emocionada por partida doble, imagino a esas niñas y niños cuyos padres los subieron a un barco para alejarlos de la guerra, del hambre, de la sangre, pensando que pronto podrían volver a abrazarlos. Imagino el miedo de los chicos, la tristeza, la sorpresa, tal vez, de verse rodeados de agua durante tantos días -para muchos, quizás fuera la primera vez que veían el mar-. Imagino la conmoción al llegar a la ciudad que sería su casa durante larguísimos años. La lengua que, a pesar de ser también español, sonaba tan diferente a la propia, como los sabores, como el olor del aire.
No hubo abrazo de reencuentro con las familias que quedaron en la otra tierra. La dictadura franquista fue larga y oscura.
Luis García Montero se pone las gafas y recuerda en su poema el primer viaje que hizo a esa hermosa ciudad colonial, a la que llegaron protegidos por el presidente Lázaro Cárdenas y por su esposa, Amalia Solórzano, los llamados “niños de Morelia”…
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1939, tal vez, o 2024
Publicado el 12 de mayo de 2024 en Sin Embargo MX

