¿Qué salvaríamos en un naufragio? ¿Se lo han preguntado alguna vez? ¿Qué salvaríamos de todo lo que nos rodea? ¿Qué sería aquello que quisiéramos llevar siempre con nosotros?

Y al hablar de naufragios pienso también en esos naufragios personales, íntimos, grandes o pequeños que marcan nuestra vida. El exilio, el destierro, pueden ser también un naufragio. Me gusta esta historia que alguien me regaló alguna vez (“Soy contrabandista de historias propias y ajenas”, escribió Jacques Hassoun, y yo suscribo la frase completamente): una familia de republicanos españoles cruza a pie los Pirineos huyendo del franquismo. Después de varias jornadas agotadoras logra llegar a Francia. Allí, la mujer les dice a su marido, a sus hermanos, a sus cuñadas, con tono entre eufórico y misterioso: “Es el momento de celebrar”. En la bolsa que cargó durante días y días había puesto una botella de champán. El único problema era que… ¡la botella estaba vacía! Las carcajadas de todos se mezclaron con las lágrimas que, en el fondo, nunca abandonan a un refugiado.
Soy nieta y bisnieta de migrantes. Mis abuelos y bisabuelos huían de los pogromos de la Rusia zarista, unos, y de la pobreza de Italia, otros. ¿Qué llevaban en el precario equipaje con que llegaron al puerto de Buenos Aires? Imposible saberlo. De aquella migración, pobre y urgente, no ha quedado casi nada. Lo que sí puedo imaginar es algo de lo que traían en la cabeza: el Preámbulo de la Constitución Argentina:
Nos, los representantes del pueblo… con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino… ordenamos, decretamos y establecemos esta Constitución…
“…para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…”. Ésa fue la quimera que persiguieron mis abuelos y bisabuelos; ésa fue la quimera que hizo que se subieran a los barcos. Los más jóvenes mirando hacia ese nuevo mundo que tantas promesas encerraba; los mayores, mirando hacia la propia tierra, con el temor de la despedida definitiva. ¿Qué llevaban en el equipaje? ¿Qué habían elegido traer consigo? ¿Qué es lo que elegimos guardar en las maletas al abandonar nuestro hogar? Yo, migrante también, llevo conmigo – de país en país, de casa en casa, de vida en vida – una copia del preámbulo de la constitución de una patria que ya no existe. Como otros cargan con las fotos de sus antepasados (“Un retrato de un mi abuelo que ganara una batalla”, escribió León Felipe).
A los dieciséis años, cuando mis padres nos dijeron que dejábamos el hogar en el que habíamos crecido, los amigos, la familia, el paisaje amado, y que veníamos a vivir a México, no se me ocurrió guardar ninguna fotografía. ¿Por qué? ¿Cómo fue que en medio de la tristeza de la despedida no se me ocurrió agarrar ni siquiera una pequeña? Durante años, la falta de fotos fue para mí un símbolo de lo que significaba el exilio. Será por eso que cada tanto me hago la misma pregunta, ¿qué salvaría en un naufragio?
Mi abuelo quiso subir al barco el cello que tocaba con sus manitas regordetas de niño ruso. Quizás por esa historia me ha obsesionado esta imagen del pequeño sirio que salvó su violín.
Y ustedes, ¿qué salvarían?


