El domingo pasado que charlábamos sobre libros y bibliotecas, se me quedaron en el tintero algunas historias de las que más me conmueven, y me gustaría compartirlas hoy con ustedes.
El ritmo que acompaña el aprendizaje en los más pequeños, es fundamental también en jóvenes que han atravesado zonas de profunda oscuridad. Así, plantea Beatriz Helena Robledo,
“La poesía en la infancia es mucho más que un juego con el lenguaje. Es ante todo ritmo, ritmo que sostiene, que protege del vacío, que no permite la sensación de vértigo, porque cuando nos entregamos al ritmo, éste nos acoge: lentamente unas veces, de manera rápida o cadenciosa otras, devolviéndonos el ritmo original y binario del corazón: sístole, diástole.”
Los ejemplos de la creación de lazos sociales, comunitarios, a través de la palabra poética son muchos. En México, hemos visto atestado el Palacio de Bellas Artes o el Centro Cultural Universitario de la UNAM para escuchar a Jaime Sabines o a Juan Gelman. Sabemos de los poemas que los presos se pasaban en las cárceles argentinas o chilenas en plena dictadura. Sabemos de los recluidos en campos de concentración que se recitaban a sí mismos fragmentos enteros de obras literarias, simplemente para comprobar que seguían siendo seres humanos. La poesía como construcción de identidad, de comunidad, de solidaridad.
Quizás sean los chicos que se juntan a hacer rap y hip hop en las calles, o los que buscan espacios colectivos donde leer o escuchar poesía, los que mejor puedan responder hoy a aquella pregunta de Hölderlin:
“Para qué poetas en tiempos de penurias”.
Otra historia de ésas que tanto me conmueven: el 26 de agosto de 1992, en plena guerra, se dio la orden de disparar balas de fósforo contra la biblioteca de Sarajevo. Esto provocó un inmenso incendio que tardó dos días en ser apagado. El edificio no tenía valor estratégico ni importancia militar, pero constituía el gran símbolo de identidad de un pueblo; poseía unos dos millones de libros y miles de documentos y manuscritos de gran valor, conservados a lo largo de siglos tanto por musulmanes como por serbios ortodoxos, croatas católicos y judíos.
Allí, entre los muros devastados, se instaló Vedran Smailovic, violonchelista de la filarmónica de Sarajevo. Había visto cómo 22 personas morían bajo las bombas mientras hacían cola pacíficamente en una panadería. En homenaje a ellas decidió tocar durante 22 días el Adagio de Albinoni entre los escombros.
O esta noticia que salió apenas en octubre sobre la forma en que los jóvenes sirios construyeron una biblioteca subterránea para salvar miles de libros de las bombas. Dice Abu Malek, la joven que inició el proyecto:
“Tuvimos la idea de recuperar los libros que estaban bajo los escombros de casas demolidas. Nos preocupamos de anotar en qué casas habían sido encontrados, para luego contactar a sus dueños y devolvérselos una vez terminada la guerra. También recogimos libros que no se han quemado en las bibliotecas y librerías de la ciudad. Es una manera de salvar nuestro patrimonio cultural”
La contraparte de este horror es la vida que pueden tener las bibliotecas. ¿Cuántas de nuestras bibliotecas salen de sus propios muros? ¿Cuántas participan como el chelista de Sarajevo en abrir las historias, o como Abu Malek en protegerlas?
Y cuando hablo de biblioteca estoy hablando de un espacio (real, virtual o puramente simbólico) en el que los libros circulan, se trate de la maravillosa biblioteca de Berlín en la película de Wim Wenders o de los “libro-burros” que caminan por la sierra colombiana.
Hablamos de Sarajevo, de Siria, de Colombia, pero es tiempo de preguntarnos qué hacemos, qué haremos ante nuestra propia realidad, desde nuestros espacios de amor a los libros y a la palabra literaria, pero también desde nuestra certeza de que la lectura es un ejercicio de libertad, de independencia, y de ciudadanía. Cómo defenderemos desde allí el derecho a sueños y utopías, como lo quería Paulo Freire. Recuperemos los versos de Juarroz que pusimos como epígrafe de estas líneas:
Pero, sobre todo, la biblioteca es una espera / Que va más allá de la letra, / Más allá del abismo. / La espera concentrada de acabar con la espera, / De ser más que la espera, / De ser más que los libros, / De ser más que la muerte.
Seguramente la violencia y el horror no cesarán; las ruinas de la historia no desaparecerán, pero cobrarán un sentido que no será sólo el de la herida, sino el de la posibilidad de aprender a crecer y a descubrir con los otros. Los deseos y realidades que nacen en nuestras bibliotecas, en los libros, en las historias y poemas, tal vez no sean sino el intento de ser más que la muerte, y entonar, a pesar de todo y como respuesta a ese viejo y perdido Homero del que hablamos al comienzo, una epopeya de paz.


