PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 10 DE DICIEMBRE DE 2017.
Hagan la prueba: miren a los ojos a Sandra y díganme si no ven allí más humanidad que en muchos de nuestros “verdaderos” congéneres.

El juez Eugenio Zaffaroni, ex titular de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, cuyo libro La Pachamama y lo humano fue utilizado para sustentar los argumentos de la defensa, dice: “…menester es reconocerle al animal el carácter de sujeto de derechos, pues los sujetos no humanos (animales) son titulares de derechos, por que se impone su protección en el ámbito competencial correspondiente”. El planteo de Zaffaroni va incluso más allá poniendo como ejemplo constituciones políticas de países como Ecuador o Bolivia que consideran a la naturaleza como un bien jurídico a custodiar.
Qué bien haríamos hoy en volver a vincularnos con la naturaleza con la sabiduría de los antiguos pueblos, y no con el afán depredador del capitalismo más salvaje. La relación con los animales tiene que ver con esto, sin duda; con la soberbia con que nos colocamos en el centro del universo, y desde ese lugar arrasamos con todo buscando simplemente mayor generación de riqueza. A costa de lo que sea. Riqueza para que alimente la riqueza. Para unos pocos, poquísimos (A nivel mundial ocho personas poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad. Si imagináramos que México tiene 100 habitantes, una sola persona poseería el 43% de la riqueza. ¡¡¡Una sola!!! 53 vivirían en pobreza, y 23 en pobreza extrema, es decir, sin que siquiera les alcanzara para comer.)
Muchos temas se cruzan en esta nada simple consideración de Zaffaroni. Obviamente, y en primer lugar, la discusión sobre lo humano y lo no humano, las personas y las no personas. En algunos momentos de la historia la gente de raza negra fue considerada persona “no tan persona”, ¿no humana? Y los indígenas durante la conquista, ¿estaban considerados personas humanas o no humanas? Antes eran mostrados en jaulas, como seres “distintos”, como curiosidades. Hoy mostramos animales.
En el caso del juicio que involucró a mi tocaya las preguntas que genera son profundamente inquietantes y significativas. Tienen que ver, como decíamos, con nuestra relación con la naturaleza, pero también con nuestras propias certezas como especie, con una reflexión filosófica sobre lo que somos.
Sugiero una de las tantas lecturas que deberían acompañarnos en estos temas: Las vidas de los animales de J.M. Coetzee. Dice el premio Nobel:
“La gente tolera el sacrificio animal porque no llega a verlo, oírlo u olerlo. Si hubiera un matadero de cristal en medio de la ciudad, un matadero al que la gente pudiera acercarse a escuchar a los animales chillar, a ver cómo son masacrados sin piedad, quizá cambiaría de idea”.
No hay un matadero de cristal, pero hay algo que se llama zoológico (aunque ahora le cambien el nombre a “ecoparque” o alguna otra cosa por el estilo). El maltrato y la crueldad están a la vista de todos.
No sé ustedes, pero cuando yo miro a los ojos a Sandra –mi semejante, mi hermana, como escribía Baudelaire- siento vergüenza de pertenecer a la especie de “personas humanas”.

