“Perdón imploro a mis vivos por dejarles, perdón imploro a mis muertos por haberles hecho esperar”.
Eso decía la nota que el hombre había escrito, con letra firme, poco antes de quitarse la vida. Tenía 68 años y había llegado a vivir a la zona de Pátzcuaro hacía más de cincuenta. “Perdón imploro a mis vivos por dejarles, perdón imploro a mis muertos por haberles hecho esperar”.
“No llores. Te regresarán cuando termine la guerra. Eres el más afortunado de nosotros”, le decía la madre mientras le limpiaba la nariz; pero lo abrazó como sólo una madre que se despide de un hijo puede abrazar. “Come el doble de todo, Tomasín; come también por mí”, le gritó su hermana Elisa, antes de que el tren partiera rumbo al puerto de donde saldría el barco de bandera francesa Mexique.
Tomás fue uno más de los 456 “Niños de Morelia”. Recibió apoyo, educación, abrigo, comida…. Pero extrañaba. Claro que extrañaba: los coscorrones de su padre, la voz dulcísima de su madre, los juegos y hasta las peleas con su hermana, el perfume que tenía el aire. Terminó la guerra. Cambió el gobierno en México. Pero nadie vino por ellos. En la España de Franco no tenían lugar. De a poco cada uno de esos niños fue haciendo su vida.
Una tarde, paseando su melancolía por las calles, vio pasar a la dueña del rostro más bello que hubiera visto nunca. Parece la Virgen de la Covadonga con los colores de la tierra, pensó.
Mercedes y sus catorce años sintieron unos ojos clavados en la espalda. Al dar vuelta la cabeza percibió la intensidad de la mirada de Tomás. Ella, como le habían enseñado, bajó los párpados, y sonrojada apuró el paso.
Ese fue el inicio de una historia de amor en dos lenguas: el purépecha que hablaba ella, y que él nunca pudo aprender bien, y el castellano en el que bautizaron a sus hijos.
La felicidad no alcanzó a borrar el fondo de tristeza que había en aquel que llegara siendo niño. Las ausencias a veces eran más fuertes que las presencias. Seguramente fueron ellas las que hicieron que un malhadado día, a la orilla de ese lago que hacía tantos años era su hogar, Tomás se sentara ante su escritorio a escribir con letra firme
“Perdón imploro a mis vivos por dejarles, perdón imploro a mis muertos por haberles hecho esperar”.
Esa nota y la nostalgia que inunda los ojos de su nieta cuando me cuenta la historia son su herencia.

