Para Darío Jaramillo
Pero, ¿qué se nos juega en esa pelota tras la cual corren veintidós hombres (ahora también, y cada vez más, mujeres) vestidos con pantalones cortos? ¿Qué nos pasa con ese deporte al que Borges consideraba absurdo y pueril, pero que apasiona a tantísimos otros? Quizás tenga razón Juan Villoro, y
“el futbol represente la última frontera legítima de la intransigencia emocional; rebasarla significa traicionar la infancia…”.
A mí, se me juega una cierta comunión con mi gente. Una sensación de pertenencia. (dejo de lado en estas líneas lo que tiene que ver con el deporte como negocio, la mafia de la FIFA, etc., etc., y me quedo con lo puramente afectivo). Cuando siento que lo que empieza a prevalecer no es eso, sino un supuesto “orgullo patrio” me aterro. Entre el patriotismo y el patrioterismo hay una línea muy muy muy delgada. Aunque se me acelere el corazón cuando veo las tribunas pintadas de celeste y blanco, o de verde, o cuando suena alguno de los dos himnos, me aterro. Me aterro de mí misma y de la multitud.
Los argenmex tenemos un chiste: Si juega Argentina, le voy a Argentina. Si juega México, le voy a México. Si juegan Argentina y México… me voy al cine. Y algo de eso hay. Me ha tocado vivirlo, y antes de sentirme como la protagonista de “Sophie’s choice”, elijo uno de los estrenos de la semana.
Dos cosas básicas sobre futbol aprendimos todos los hijos de mi padre: 1) Hay que ser de Boca (no hay discusión al respecto. Punto.) y 2) Aunque seamos de Boca, hay que saber de memoria los nombres de los jugadores que formaban “La máquina”; la impresionante delantera de River que arrasaba a quien se le pusiera delante hacia 1940: Juan Carlos Muñoz, José Manuel Moreno, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna y Félix Loustau.
Escribo esta nota antes del partido de la Copa América que jugarán Colombia y Argentina en cuartos de final. Y les digo esto porque voy a hablar de uno de los colombianos más maravillosos que conozco, el queridísimo poeta Darío Jaramillo Agudelo. Autor entre otros hermosos textos, de estos poemas de amor:
1. Ese otro que también me habita,
acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos,
ese otro a quien temo e ignoro, felino o ángel,
ese otro que está solo siempre que estoy solo, ave o demonio
esa sombra de piedra que ha crecido en mi adentro y en mi afuera,
eco o palabra, esa voz que responde cuando me preguntan algo,
el dueño de mi embrollo, el pesimista y el melancólico y el
inmotivadamente alegre,
ese otro,
también te ama.
2. Podría perfectamente suprimirte de mi vida,
no contestar tus llamadas, no abrirte la puerta de la casa,
no pensarte, no desearte,
no buscarte en ningún lugar común y no volver a verte,
circular por calles por donde sé que no pasas,
eliminar de mi memoria cada instante que hemos compartido,
cada recuerdo de tu recuerdo,
olvidar tu cara hasta ser capaz de no reconocerte,
responder con evasivas cuando me pregunten por ti
y hacer como si no hubieras existido nunca.
Pero te amo.
Darío, que es uno de los seres más generosos y entrañables que existen, hoy me regaló un par de historias sobre su propia pasión por el futbol. No debería decir “por el futbol”, debería decir por su equipo: el Deportivo Independiente Medellín (¿habrá todavía quien se sorprenda de que se puedan combinar el amor por la poesía y el fut?). Una de esas historias se vincula con lo que acabo de contar: resulta que cuando Darío era niño, su padre lo llevó a conocer el estadio del Medellín, que estaba cumpliendo un año de haber sido construido. Ese día jugaba el equipo local con camiseta roja y “pantaloneta” azul (al decir “pantaloneta”, Darío mira alrededor y dice: “Es bueno que esta niña (o sea yo) aprenda palabras colombianas”. El futuro poeta se quedó deslumbrado con el modo en que uno de los jugadores “acariciaba la pelota al hacerla avanzar” (sic). “¿Sabes quién era ese jugador?”, me pregunta con un aire entre pícaro y “sobrador”. “Pues José Manuel Moreno, el de la Máquina, que llegó a jugar a Colombia. Él es el verdadero culpable de mi amor por el futbol. Así que puedo recitar de memoria, como le gusta a tu papá, la delantera de River.” No cabe duda de que las complicidades poéticas pueden tener múltiples rostros.
Les decía que escribo esta nota antes del partido Argentina-Colombia, y por eso me gustaría dedicarle a Darío esta anécdota.
A la pregunta de si fue alguna vez a ver un partido de futbol, Borges responde:
“- Sí, fui una vez y fue suficiente, me bastó para siempre. Fuimos con Enrique Amorim. Jugaban Uruguay y Argentina. Bueno, entramos a la cancha, Amorim tampoco se interesaba por el fútbol y como yo tampoco tenía la menor idea, nos sentamos; empezó el partido y nosotros hablamos de otra cosa, seguramente de literatura. Luego pensábamos que se había terminado, nos levantamos y nos fuimos. (…) Ya en la calle yo le dije a Amorim: ‘Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay –Amorim era uruguayo– para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz’. Y Amorim me dijo: ‘Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para que usted se sintiera feliz’.”
Buen partido, mi querido Darío. Por supuesto, lo que quiero es que te sientas feliz; así que no gritaré frente a la tele sino que, en tu honor, me iré al cine.

