PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 15 DE OCTUBRE DE 2017.
Di più non chiedo, non chiedo.
Si può morir, Si può morir d’amor.Más yo no pido, no pido.
Se puede morir, ¡Se puede morir de amor!
Silvia Cherem llega a ella a través del relato que alguien le hace sobre un accidente de avión. ¿Azar? ¿De verdad existe tal cosa como el azar? Yo creo más que, como decía Einstein: “Dios no juega a los dados con el universo”, y que lo que muchos llaman azar es en realidad la capacidad de gente sensible y talentosa para percibir aquello que está en el aire, y para dejarse seducir por aquello que percibe. Y en ese relato que alguien le cuenta en un viaje a las islas Galápagos, sobre un atentado que tuvo lugar el 24 de septiembre de 1952 en un avión DC3 de pasajeros que correspondía al vuelo 575 de la Compañía Mexicana de Aviación, con ruta México-Oaxaca-Tapachula, y que despegó del Distrito Federal a las 8 y un minuto de la mañana, allí, en ese relato que le hizo la hija de un matrimonio que viajaba en ese avión, Silvia supo que tenía una historia. Su instinto la llevó a bucear durante años en archivos de todo tipo, a hacer entrevistas, a rastrear pistas como la más entrenada de los detectives.
La historia vinculada a la guerra fría que el atentado al avión le descubre –una de las pasajeras era Margaret Larkin, esposa de Albert Maltz, ambos guionistas de Hollywood perseguidos por el macartismo y refugiados en Cuernavaca-, la lleva al núcleo de la novela, a la piedra angular, al corazón de este complejo tejido de relatos que ella vuelve terso y claro: la lleva al personaje clave, Esperanza Iris, heroína trágica.
Como en las verdaderas tragedias el sino se cumple de manera inexorable: la niña que lucha contra la miseria y que logra salir de ella gracias al don de su voz, se impone un objetivo que parece más allá de cualquier racionalidad: construir el más bello teatro lírico de nuestra ciudad, como legado al sitio que le ha dado todo a manos llenas, pero también como forma de perpetuarse en la memoria colectiva.
“¿Quién no quiere ser inmortal? –dice en las páginas de la novela-. Consagré mi vida entera para edificar un templo del arte con mi nombre y mi busto tallados en piedra. Fui coronada emperatriz y reina.” (p.15)
¿Es demasiada la ambición? ¿Le impiden los dioses pensar en llegar tan alto?
Ella misma lo sabe y lo muestra con dolorosa ironía: “¿Reina, Esperanza? ¡No te engañes!, no estás en el escenario”.
Sabemos que una tragedia no tiene nunca final feliz, y la letra del aria de a poco se va cumpliendo: se puede morir de amor. En el caso de Esperanza Iris se trata de una muerte lenta que le va arrancando todo lo que ganó con su talento, pero también con enorme esfuerzo.
A lo largo de toda la vida pareciera haber ido pagando el costo de sus triunfos, empezando por el peor dolor que podemos imaginar para una madre, haber enterrado no a un hijo sino a tres:
“Fui madre y dejé de serlo. Enterré a tres hijos. Tres tumbas de mis entrañas. (…) Tres motivos que me condenan a arder en llamas, a sobrevivir sin consuelo a un escaso metro del infierno. ¿No son suficientes tres lutos inmisericordes?” (p.19)
No, no lo fueron. A ello siguió el haber sido engañada por el que consideraba el hombre de su vida, Juan Palmer, a quien según sus propias palabras “amé como a nadie”.
Y el cierre es digno no de una opereta sino de la más dolorosa de las óperas: Madame Butterfly, La Traviata, Tosca…
La condena aparece bajo la figura de una cabeza de jíbaro que alguna vez le regalaron diciéndole “te traerá suerte en lo económico, pero desgracia en lo sentimental”. Hay una condición para que esto no suceda (como en todo cuento tradicional que se precie): tienes que desprenderte de ella, pero ¡ay, Esperanza!, jamás cumpliste con esa parte del consejo.
Esa condena que hace de nuestra tragedia un melodrama aparece también y sobre todo bajo la figura de un joven y ambicioso barítono: Francisco Sierra Cordero, su amado Pacotes, quien no sólo la traicionó rompiéndole el corazón, sino que fue uno de los responsables de aquel atentado al avión de Mexicana del que hablamos hace un momento. ¿Todo por cobrar el seguro de vida de los trabajadores que volaban engañados a Oaxaca? La falta de escrúpulos y del menor sentido ético llevado a sus últimas consecuencias.
El piloto, héroe del Escuadrón 201, logrará que todos los pasajeros lleguen con vida a tierra. A pesar de los gastos enormes en abogados, de las cartas de Esperanza Iris buscando apoyo -incluso le escribe al presidente López Mateos-, Sierra será condenado junto con su amigo y cómplice Emilio Arellano.
Esperanza sigue con él hasta el final, incluso crea un coro en Lecumberri para poder estar más cerca suyo. ¿Amor? ¿Dependencia? ¿Miedo a la soledad?
No puede estar sin él, pero detesta lo que él le provoca. Desde el principio la inestabilidad y ambigüedad emocional que la cantante siente hacia ese hombre veinte años más joven, articula la trama.
“Te odio, Paco, no te soporto. Contigo todo transcurre entretelones. Dios mío, por qué me castigaste con esta suerte, con esta inútil dependencia. Por qué me hiciste creer que una mujer sola está condenada a la censura y al desprestigio. Acepté a este mequetrefe como marido para ser alguien, para respirar, para existir, pero debería tener el valor de expulsarlo para siempre de mi pensamiento.” (p. 290)
Y continúa pocas líneas más adelante:
“Mi corazón está roto, mi casa en ruinas, tú eres lo único que me resta. Tenerte, Paco, es mi motivo para estar viva, mi única razón para despertarme en las mañanas, para seguir. No te abandonaré. Seré una madre incondicional para ti. Una mamá jamás renuncia a sus niños.” (ibid.)
Esta relación y sus consecuencias provocaron la caída de la imagen pública de Esperanza. De ser una mujer que rompió cánones y estereotipos, que fue recibida por el rey de España, que lució joyas diseñadas exclusivamente para ella por Cartier, que fue ovacionada en todas sus presentaciones, y adorada por el público y la crítica, se convirtió en una mujer humillada y traicionada, que perdió dinero pero que, sobre todo, perdió el respeto y el cariño de la gente.
Esperanza, aun sin ir en el avión de Mexicana, fue la primera víctima del atentado. Entre 1952 y 1962 casi se desdibujó su legado, al grado de que incluso le quitaron su nombre al teatro. A SU teatro. Hace diez años, al cumplir 90 de haber sido inaugurado, le regresaron el nombre original, reivindicando así finalmente la trayectoria de la gran diva.
Decía Monsiváis que ella murió enloquecida tratando de defender a Paco Sierra. ¿Deambularía por el palco 7 con la angustia a flor de piel?
Les propongo nuevamente que cerremos los ojos y nos dejemos llevar por las historias que estas paredes cuentan. Imaginemos una noche de gala, las luces cálidas, los murmullos, los perfumes, la ropa de fiesta, las sonrisas de fila a fila, los saludos. Como hoy. Celebremos juntos, entonces, que Esperanza Iris vuelve a brillar, abracemos juntos a esa mujer valiente y frágil a la vez, y agradezcámosle a la querida Silvia Cherem que haya creado, con su pluma de demiurga, este milagro.
- Una versión de este texto fue leída en la presentación de la novela de Silvia Cherem, Esperanza Iris. La última reina de la opereta en México (México, Editorial Planeta, 2017). Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, 9 de octubre de 2017.
- Ver el artículo de El Universal “El día que Caruso paralizó a México” http://archivo.eluniversal.com.mx/cultura/50049.html
- Entre la historia y la memoria (Conaculta, 2000), Trazos y revelaciones. Entrevistas a diez pintores mexicanos (FCE, 2004), Una vida por la palabra. Entrevista a Sergio Ramírez (FCE, 2004), Examen final. La educación en México 2000-2006 (Crefal, 2006), Al grano. Vida y visión de los fundadores de Bimbo (Khálida Editores 2008), Por la izquierda. Medio siglo de historias en el periodismo mexicano contadas por Granados Chapa (Khálida Editores, 2010) e Israel a cuatro voces. Conversaciones con David Grossman, Amos Oz, A.B. Yehoshua y EtgarKeret(Khálida Editores, 2013). Su entrevista a Octavio Paz titulada Soy otro, soy muchos, forma parte del tomo 15 de las Obras completas del Nobel de Literatura.


