La mayor parte de ustedes no sabe quién es Alfredo. No tendrían por qué saberlo, claro. No ha publicado ningún libro. No sale en televisión. No escribe en los medios. Tampoco es un delincuente famoso ni un funcionario público.
Sé que habérmelo cruzado hace un par de años es uno de los grandes regalos que me ha hecho la vida.
Socorro Venegas me había invitado a ser jurado del premio “México Lee” en la categoría Testimonio. Como muchos saben, tengo el sí más rápido de estos lares cuando de trabajo se trata. Así que, fiel a mí misma dije que “Sí”, que “Por supuesto”, sin imaginar que iba a descubrir en esos textos oro molido. Y entre todos los artículos que nos dieron a leer, me conmovieron especialmente las páginas que había mandado un joven maestro chiapaneco. Allí contaba su historia de niño monolingüe que prefería jugar futbol en la plaza del pueblo, con una pelota hecha de bolsas de plástico amarradas, que ir a la escuela a escuchar durante horas a una maestra a la que no le entendía nada. ¿Se acuerdan de Balún Canán? Igual pero cuarenta años después. Por supuesto, ese joven maestro era Alfredo. Allí contaba su aprendizaje del español a punta de cinturonazos paternos y regaños escolares. Hablaba del descubrimiento de la música y la literatura gracias a uno de sus profesores de secundaria.
Un día me atreví a pedirle prestado el libro La tregua de Mario Benedetti. No entendí casi nada de las primeras páginas que leí porque la mayoría de los términos que usaba el autor estaban muy alejados de mi conocimiento del español. Empecé a leer el libro una, dos, tres veces, hasta que decidí utilizar un diccionario. Al terminar de leerlo era demasiado tarde: estaba completamente enamorado de Laura Avellaneda.
Luego vinieron Jaime Sabines y Hermann Hesse y Rosario Castellanos y Sergio Pitol y Rius y tantos y tantos más.
Alfredo absorbe lo que tiene a su alrededor como una esponja ávida y feliz.
“Fui a la Biblioteca Vasconcelos, Sandra – me dijo alguna tarde -, y pensé: esto es lo único que de verdad les envidio a quienes viven en esta ciudad, los libros, los libros.”
Como es generoso, Alfredo quiso compartir su amor por la literatura. Por eso fundó en su pueblo la Sala de Lectura “Mitocondrias”. Cada sábado colgaba su cartel invitando a los chicos a acercarse. Y cada sábado se quedaba solo con sus libros y con sus ganas. Hasta que al mes llegaron unos hermanitos, y después una niña, y luego dos más… Y ya han cumplido más de cuatro años de reuniones semanales. Cuando habla de Cheo, de Julio, de Oswaldo, de Elvira, se le llena la sonrisa de felicidad.
El día de la entrega del premio le pregunté “¿Qué tienes ganas de hacer en la vida, Alfredo?” “Estudiar literatura”, me contestó. “Pues ya – grité – ¡ven al Claustro! No necesitas más que esas ganas que se te notan en las palabras en cuanto las pronuncias.” Y así llego. Con sus historias. Con su timidez. Con su deseo de saber y saber y saber, cada vez más. Con las pupilas que van del deslumbramiento a las saudades por el verde y los potreros y el silencio y sus niños.
Con su puro estar entre nosotros, Alfredo nos ha enseñado a ser mejores. Le debemos eso.
Hace un tiempo me buscó para decirme que tiene que regresar a ocupar su plaza a Chiapas. Que ya no le renuevan el permiso para terminar la licenciatura. Que a los chicos de primer grado que va a tener en su nueva escuela quizás, con suerte, les lleguen los uniformes y los zapatos que les prometieron. Que me va a escribir en cuanto encuentre un lugar donde conectarse a internet. Que va a regresar algún día a terminar. Que ya aprendió a dormir por las noches a pesar de los ruidos de la ciudad. Que Cheo ya tiene dieciséis años. Que sus compañeros lo están esperando. Que a lo mejor puede organizar un grupo para escribir los libros de historia y geografía en chol. Que tiene tanto todavía por aprender.
Pensé ser el alegre personaje que cree hacer su voluntad, el que vuela libre como un zopilote cerca de las nubes, pero descubrí que no era cierto lo de mi libertad: soy el personaje de algún escritor desquiciado. Aquí me encuentro, cumpliendo con mi personaje en esta trama que hemos acordado nombrar vida. Y pienso que hay mucho por hacer, queda mucho por hacer.
Gracias, querido Alfredo, por ser parte de nuestra vida. Nos haces falta cada mañana. Te estamos extrañando.
