El amor por vivir entre tizas y pizarrones

La herencia es una cosa curiosa, sin duda; pero yo tengo claro que fue mi abuela Mamina –maestra en un pueblo de la pampa– quien me heredó las ganas de ser maestra, el amor por la tiza, el pizarrón y el salón de clases, y la convicción de que se puede hacer algo por los demás desde esa trinchera.  Desde todas las trincheras, institucionales y no. Será por eso que empecé a dar clases hace casi 40 años, y que un aula es el único espacio en el que me siento verdaderamente en casa.

Ella me enseñó a leer y a escribir cuando yo tenía 5 años recién cumplidos y acaba de fracturarme la muñeca izquierda. Como tenía más ganas de aprender a escribir que de esperar a que me quitaran el yeso preferí abandonar mi ya declarada zurdez (¿se dice así?) y empecé a tomar el lápiz con la derecha. La zurdez se me pasó, la tosudez, nunca.

Lo que comenzó ahí no fue solamente una hermosísima relación abuela-nieta sino un amor absoluto por la figura y el trabajo de las maestras. Tanto que puedo recordar los nombres y apellidos, el color de tinta que usaban y – si me esfuerzo un poco – hasta la voz, de todas mis maestras desde el jardín de infantes hasta el último día del doctorado.

Tengo que confesar que muchas, muchísimas de ellas (y de ellos, claro) contribuyeron a reforzar la herencia de mi abuela: la señorita Lidia Tudino en primer grado, la señorita Beatriz Tinto en tercero, la señorita Gloria en quinto, de aquella amada Escuela número 15; Ludueña y Gigena en secundaria (¡en el Artigas! General de hombres libres); Luz Fernández Gordillo y Pilar García Fabregat, en el Madrid, al llegar a México; Raquel Bárcena y Martha Gloria en la Nacional de Educadoras; Luis Rius, María Luisa Capella, Angelina Muñiz, Anamari Gomís, Federico Álvarez, Valquiria Wey, Margo Glantz, y tantxs otrxs en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (un refugio al que siempre regreso)…

También suelo recordar a la mayor parte de mis alumnxs. Tengo pésima memoria para casi todo, pero no para lo que sucede en el salón de clases.

Es cierto, quise ser Makarenko, y después Paulo Freire, y todavía lloro con todos los libros y todas las películas que muestran el milagroso vínculo maestrx-alumnx. Soy cursi y de lágrima fácil. ¿Qué le vamos a hacer?

Hoy sigo pensando que allí, entre los chicos (y los grandes), intentando analizar juntos una metáfora, o disfrutando de la lectura de un cuento, o discutiendo sobre una hecho histórico, o buscando desentrañar una fórmula matemática, o memorizando la tabla del 9, o los nombres de los faraones egipcios, o imaginando travesías por los ríos de África, o simplemente aspirando el olor a madera, a tinta fresca, a cuadernos, a ganas de escuchar y de aprender, de dialogar y de compartir, de este lado y de aquel, de aquel lado y de éste, que hay siempre que más de dos se juntan para seguir jugando a la escuelita -finalmente siempre es un juego-, como cuando éramos chicos, allí -decía- está uno de los más entrañables y apasionantes regalos que he recibido de la vida.

Por eso quiero empezar el día dándoles las gracias – de verdad, de verdad – a quienes me contagiaron este amor y este entusiasmo, y a quienes me han permitido que yo intente transmitirles un poquito de todo esto.

Y sí: sigo pensando que la tiza y el pizarrón son uno de los mejores inventos de la tecnología.

¡FELIZ DÍA A MIS QUERIDAS MAESTRAS, A MIS QUERIDOS MAESTROS, Y A LXS ESTUDIANTES QUE ME ACOMPAÑAN EN ESTA AVENTURA DESDE HACE CASI 40 AÑOS!!