PUBLICADO EN SINEMBARGO, EL 29 DE MAYO DE 2016.
Quizás recuerden el video de Madonna llamado “Vogue”. Tanto ese video, grabado en 1990, como el documental “Paris is burning” que ganó el Gran Premio del Jurado en el Festival de Sundance en 1991, contribuyeron a darle visibilidad a un tipo baile en el que la sensualidad se convierte casi en acrobacia, en la búsqueda de movimientos precisos inspirados en un principio en las poses de los modelos de la revista “Vogue”.
Los grupos de bailarines, originalmente todos miembros de la comunidad LGBT, forman parte de una “casa” en torno a la cual se reúnen los miembros de la “familia”. Los mayores reciben a los más chicos, a aquellos que apenas se están enfrentando a un mundo que suele rechazarlos y estigmatizarlos. La “casa” les da identidad y pertenencia.
Entre las más conocidas están House of Garçon, House of Icon, House of Khanh, the House of Karan, House of Xtravaganza, de bailarines latinos. Y por supuesto House of Ninja, fundada por Will Ninja, considerado el padrino del “voguing”.
No entraré en detalles sobre los distintos tipos de movimientos que caracterizan las tres variedades del baile –Old way, New way y Vogue fem– sino en lo que personalmente más me interesa: que se trata de uno de los caminos en que el arte ha protegido a un sector sumamente vulnerable de la sociedad. El “voguing”, convertido en concursos en todo el mundo, da libertad y seguridad a quienes se acercan a él. Algo que suele suceder siempre con la danza hecha en comunidad. Por algo los poderes suelen tenerle miedo al baile callejero; miedo a los cuerpos libres.
Cierro con una anécdota de mi propia infancia: en el año 1967 se puso de moda en todo el mundo el “Pata pata”, una canción de la sudafricana Miriam Makeba. Al año siguiente en el clásico “bailable” de la escuela primaria una maestra lo incluyó. La directora, bajita, regañona y ultra conservadora (típica directora de aquellas épocas de la escuela pública argentina), se opuso terminantemente a que el “Pata pata” formara parte de los actos escolares. Lo más moderno que nos permitió bailar fue una cumbia (¡!!) (está clarísimo que ella no tenía idea lo que los movimientos de la cumbia pueden provocar en la sangre latina). Así que vestidas con faldas cortas rojas con lunares blancos, mis compañeritas y yo nos lanzamos al escenario al ritmo de “La pollera colorada”, mientras por dentro también nos sonaba el “Pata pata”.
Cada tanto, para recuperar la sensación de libertad del cuerpo, pongo a Miriam Makeba a todo volumen y bailo, pésimo, por supuesto, pero feliz, por toda la casa. Esa felicidad del cuerpo en movimiento, también me la enseñó mi hija.
¡¡¡Azúcar!!!

